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2.3. El Divino Hermes

Para el Mundo Antiguo, Hermes, asociado al dios egipcion Thot, fue considerado como el inventor de la escritura y el autor de numerosos tratados mágicos y religiosos. Durante el periodo del Imperio Romano, estos textos fueron reinterpretados por la Escuela de Alejandría, en Egipto, siguiendo la filosofía griega, en particular Pitagoras y Platón. Los padres de la Iglesia consagraron un gran respeto a Hermes en virtud de analogías con algunos texto asemejados a pasajes de los evangelios.

En 1460, llegó a manos de Cosimo de Médicis, Señor de Florencia, un manuscrito encontrado en Macedonia y atribuido por error a Hermes Trismegiste. A la traducción de esta obra. en 1463 por el religioso y filósofo Marsile Ficin, siguieron las traducciones de textos platónicos que revelaban una concepción brillantes del Cosmos.

Según esta filosofía, el Universo convergía hacia la Unidad divina, ordenada en base a varias medidas de perfección y representada por círculos concéntricos de esferas planetarias y celestes. El hombre, sin embargo, estaba constituido de una parte divina - el alma - que, durante su existencia terrestre, puede llevarlo a la contemplación del Bien supremo a través de la práctica de la virtud y por la vía de la meditación de diferentes entidades angélicas.

Otro aspecto importante de esta filosofía es la idea de que el Universo se reflejaba en cada cosa existente. El hombre se veía como un mundo en miniatura, un microcosmos idéntico en todo y para todo al Macrocosmos.
Los filósofos del Renacimiento, empezando por Ficin, edificaron complejos sistemas de equivalencia entre los astros del firmamento y las diferentes partes del cuerpo humano.

Una de las consecuencias de esto fue la revalorización de la Magia, de la Astrología y de la Alquimia - el arte primordial de Hermes. Se pensaba de estas ciencias que eran capaces de dar al hombre el conocimiento de los enlaces secretos que aseguran la cohesión del Universo y que influyen en el comportamiento humano.

Las divinidades astrales antiguas, Saturno, Jupiter, Marte, Venus, Mercurio, el Sol y la Luna, asumieron de nuevo su papel de espíritus poderosos y temibles a los cuales se les podía hacer llegar plegarias y preguntas para conocer el destino humano.

En efecto, los amuletos, algunos ritos y la realización de operaciones particulares debían permitir al hombre defenderse contra el poder de los astros (que se escondían en las piedras y metales) y de capturar su poder para su propia elevación espiritual.

Esta filosofía inspiró poetas como Ludovico Lazzarelli (1450 - 1500), cuya obra De gentilium imaginibus deorum fue ilustrada con figuras del pseudo Tarot de Mantegna.

En la misma época, varias imágenes del Tarot fueron modificadas para estar conformes con la iconografía de Hermes. Siguiendo el concepto platónico, el origen estelar del alma está representada en el mapa (geográfico) de las Estrellas, y el "Anima Mundi" que, según Ficin, representa la influencia entre el Hombre y Dios, aparece en el mapa del Mundo.

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